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¿Cuántas conversaciones hay en tu entorno en el que el “yo” no forme parte del 80% de ellas? Casi ninguna. Casi siempre es yo, yo, yo y… yo.
Voy a ser radical en esto. No admito conversaciones en las que el “yo” se lleve tan alto porcentaje y tanto protagonismo.
Como todos sabemos, para que se de una conversación se necesita de un emisor, un receptor y un mensaje, alternando la posición entre emisor y receptor, y creando nuevos mensajes en cada envío. Lo que nunca puede suceder es que en cada envío de nuevos mensajes el “yo” sea parte indispensable.
El problema se encuentra en la recepción del mensaje. Mucha gente no recibe el mensaje porque mientras se está enviando está pensando en enviar un nuevo mensaje sin estar atento a lo que se recibe. Al final las partes de la conversación se convierten en emisor, emisor y mensaje.
Pocos recibimos el mensaje, nos dedicamos a emitir un nuevo mensaje. Es por esto que los más callados suelen ser más propensos a aprender a escuchar, porque no piensan en emitir un nuevo mensaje, sino en recibir y entender el mensaje. Las contestaciones de este tipo de personas son concretas, directas y en relación a lo que se recibe. Incluso aportan, a veces, alguna solución. Nada que ver con los que no piensan la contestación conforme a lo recibido. Dedican sus esfuerzos en “contar su vida” sin interesarles lo más mínimo lo que les están contando. Así, los que emiten el mensaje se encuentran con un muro donde contar su mensaje se convierte en un callejón sin retorno.
Cuento esto porque en todos los ámbitos son necesarios e imprescindibles personas que sepan escuchar, que sepan responder y que sepan dar soluciones. Sólo los que escuchan pueden dar soluciones y ayudar a los que hablan. Sin estos se hace imposible una buena y fructífera conversación. Los que escuchan no hablan, dicen. Cuando encuentres alguien así lo notarás gratamente.
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